El cuidado y respeto al terruño definen los vinos tintos crianza de “Viñas de Alange”, una apuesta por la calidad con sello Palacio Quemado
La bodega forma parte de la Ruta del Vino y Cava Ribera del Guadiana, itinerario enoturístico enmarcado en la DO Ribera del Guadiana
Una finca con siglos de historias e historia da nombre a un vino extremeño cuya calidad traspasa fronteras: “Palacio Quemado”. Denominación simbólica que identifica a una empresa, “Viñas de Alange”, que nació en el año 2000 fruto del empeño de dos familias, los Losada y los Alvear, por honrar la tradición apostando por la innovación para elaborar vinos tintos de calidad que reflejasen el trabajo de generaciones en este rincón del sureste de la provincia de Badajoz.
Palacio Quemado no es solo una finca, un viñedo, un vino o una ubicación en el mapa. Es el resultado de la sabiduría, de la experiencia y del amor por una tierra de suelos arcillosos y calcáreos que aportan el elemento diferenciador de las 400.000 botellas anuales que elabora esta bodega extremeña que forma parte de la Ruta del Vino y Cava Ribera del Guadiana.
Si se denomina terroir a la combinación del suelo, el clima, la variedad de la uva y el hombre, en “Viñas de Alange” los cuatro elementos aportan el componente distintivo de los tintos crianza que miman las manos de sus trabajadores.
“Todo lo que hacemos pasa por madera”, explica el enólogo de “Viñas de Alange”, David Rodríguez, quien indica que la filosofía de la bodega es la apuesta por variedades tintas en las más de noventa hectáreas de la finca, viñedos propios de los que salen todos los vinos.
Preside la entrada de la bodega un pequeño jardín de diferentes variedades. Y es que, aunque casi todos los viñedos sean de tempranillo, se trabaja también con sirac, cabernet, garnacha tintorera y común y variedades portuguesas ya implantadas como la trincaderia y la touriga nacional. Un mosaico cuyas teselas les permiten elaborar vinos de alta calidad con Denominación de Origen (DO) Ribera del Guadiana como el buque insignia de la bodega “Palacio Quemado”, pero también “Zarcita” o “Raya”, un vino que une la tradición vinícola alentejana y la de Tierra de Barros que fermenta en depósitos de hormigón y realiza su crianza en fudres de roble francés.
MIMO EN CADA DETALLE
Cada detalle se cuida al máximo y la investigación y la innovación presiden, junto al respeto a la tierra, la elaboración de los vinos. Rodríguez indica que pasan años desde que se planta una variedad nueva hasta que se decide si es idónea. “No sabemos cómo se puede adaptar. Tenemos que entender la variedad y ver a nivel técnico y de campo cómo evoluciona para sacarle el mayor partido”, comenta. Un trabajo de precisión que realizan en la actualidad en dos pequeñas parcelas sembradas de alfrocheiro y touriga franca.
Nada se deja al azar en un terreno arcilloso y calcáreo que define los vinos de “Viñas de Alange”. Ni la vendimiadora con mesa de selección que permite que la uva llegue entera a la tolva, ni el inicio de la vendimia el tres de agosto (lo habitual en la zona es que comienza el quince del mismo mes), ni la recogida nocturna para evitar la fermentación en los remolques.
Se mima todo el proceso: la fermentación alcohólica, la maloláctica para quitar la acidez agresiva… Acidez que el terreno calcáreo también determina, pues hace que la uva tenga una acidez y un PH bajo y permite que no se tengan que hacer adiciones de ácidos en bodega.
“Cada vino lo hacemos por separado, no mezclamos parcelas”, apunta el enólogo de “Viñas de Alange”, quien subraya que también se mantienen así en las barricas de roble americano y francés con las que cuenta la bodega, unas 1000.
Para Rodríguez, el vino “es un ser vivo”, por lo que la cata de los mismos por parte del equipo técnico para determinar su calidad y destino final (si es reserva, crianza o roble) es esencial. Decisión para la que cuentan también con la experiencia de un referente del sector, el enólogo portugués Luis Lopes.
Tres tipos de barricas cobijan los vinos de la bodega, diferente capacidad para contener distintos caldos. Más grandes para variedades aromáticas, para que al tener menos contacto con la madera puedan respetar más la identidad de la uva. Más pequeñas para domar el vino más fuerte. “El trabajo más importante lo tenemos en la uva, intentamos respetarla al máximo”, afirma Rodríguez.
El mantenimiento de estos recipientes donde reposa el vino es exquisito, también el de las máquinas embotelladoras con cartuchos de microfiltración para evitar la contaminación de los caldos. Un exhaustivo cuidado de todo el proceso que permite al equipo de esta bodega ofrecer vinos tintos de alta calidad que también hacen su crianza en botella respetando sus tiempos.
Es así, desde el respeto por la historia, la experiencia, el conocimiento del suelo, el entendimiento de la uva y el mimo de quien elabora los vinos, como se compone un terroir único que sirve vinos singulares, con carácter propio y orgullo de Extremadura.




